La cultura de la muerte

La cultura de la muerte: un hombre cruza una puerta hacia la luz y una nueva realidad

Morir, la muerte… ¡Uf! Tiene mala prensa, ¿verdad? Todavía sigue siendo un asunto en el que mucha gente no se atreve a entrar con profusión; puede que por un exceso de respeto o quizás porque dé miedo. A primera vista puede parecernos que la muerte nos aleja de la vida, cuando en realidad es al revés: la muerte es un acercamiento a la vida… solo que vista desde otro prisma. Necesitamos ahondar más en la cultura de la muerte.

          Todos los días vemos por televisión informaciones que nos advierten de miles de muertes, cuando no de cientos de miles a lo largo y ancho de nuestro planeta. Pero eso no es que nos diga mucho. A lo sumo, sí, puede «no gustarnos», pero mientras estamos visionando esas noticias, al mismo tiempo, estamos comiéndonos unos espaguetis a la carbonara que nos parecen exquisitos.

          Pero cuando eso de «la muerte» nos ronda cerca… la cosa cambia. Y eso que el fenómeno sigue siendo el mismo, intelectualmente. Pero aparecen los sentimientos hacia el cercano que partió y, claro, algo nos golpea. Comenzamos a preguntarnos el «porqué» del suceso (como si lo hubiera realmente), indagamos en las posibilidades que hubo de que tal hecho no aconteciera, lloramos, nos deprimimos… Y otras veces lo aceptamos sin más, resignados, a sabiendas de que eso precisamente, la muerte, es lo único que tenemos asegurado en nuestras vidas desde el momento en que nacemos.

          Hace más o menos veinte años que me he dedicado, entre otras cosas, a ser cuidador de enfermos terminales y discapacitados: un mundo que jamás ha dejado de sorprenderme y que, me consta por experiencia, abre las puertas al conocimiento y a la seguridad intelectual y fáctica de que eso de la muerte, en el fondo, no tiene tanto misterio. Más bien al contrario: los que parten, en muchas ocasiones, nos lo radian como locutores de radio leyendo una novela sobre otros mundos. Y, salvo las muertes traumáticas, el resto de personas suelen contarte lo que yo llamo sus «hechos premuerte», que dan muchas pistas acerca de eso de morirse. A saber.

          Personas que te dicen que junto a su cama está su padre o su madre, que vienen «a recogerlos», pues «en breve me iré». Y obviamente tú no ves a nadie más en la habitación, claro.

          Personas que te dicen la hora exacta en la que «les han dicho» que será la partida. Y, por descontado, no ha sido nadie del personal sanitario (por muy buen médico que seas, no creo que puedas dar la hora exacta a la que va a fallecer una persona).

          Personas a las que sorprendes hablando solas… aparentemente, que luego te informan de toda una extensa conversación que estaban manteniendo con un «ser de luz» (ahí queda eso), a quien tú ni has visto ni ves por ningún lado.

          Y podría seguir horas así. Pero entiendo perfectamente a los escépticos: que si son alucinaciones por la medicación, que si con la enfermedad la cabeza se les ha ido, que si los hospitales a veces producen «efectos mentales raros» en los pacientes (palabra que a mí me han dado semejante explicación)… Sí, y si nos ponemos, podemos también afirmar, sin ambages, que la culpa es de Wally. Menos mal que hace ya años, sobre todo en los últimos diez, que las ECM (experiencias cercanas a la muerte) nos han venido a rescatar de las fauces de lo establecido. Y lo mejor… ¡es que lo ha hecho la ciencia!

          Médicos de tan reputada valía como Raymond Moody, Bruce Greyson, Pim van Lommel, Sam Parnia, Manuel Sans Segarra, Eben Alexander… todos han estudiado las ECM ¡desde el punto de vista científico! ¿Y qué conclusiones han extraído en virtud de los hechos acontecidos a todos los miles de personas investigadas? Os informo de algunas cuestiones en las que coinciden todas las personas que han experimentado una ECM.

          1- El paciente dice estar observando su propio cuerpo desde el techo de la habitación; en ese momento, los médicos dan fe de que el electro mostraba una línea plana. O sea, ausencia de vida humana.

          2- Al «regresar» a la vida, el paciente describe CON TOTAL EXACTITUD los hechos que ha visionado desde su posición en lo alto: diálogos, acciones de los médicos y personal sanitario, expresiones de tipo médico que, según el propio médico, es imposible que un neófito pueda conocer…

          3- Los pacientes te explican que se comunican con seres o entidades que encuentran, pero que no lo hacen verbalmente, sino telepáticamente.

          4- Desaparece el tiempo como lo conocemos (pasado, presente, futuro), y todo se experimenta en un «ahora perpetuo»; esto es harto difícil de entender para quien no ha experimentado una ECM.

          5- En ese estado de ECM, las personas cuentan que no les hace falta «desplazarse» físicamente. Lo hacen con el pensamiento. Piensan estar en un sitio… e inmediatamente están allí.

          Pero hay una característica que TODAS las personas que han experimentado una ECM te repiten hasta la saciedad: su pérdida total del miedo a la muerte. Y esto merece un comentario reposado.

          La muerte nos iguala a todos, es la democracia humana en estado puro, ya que nos remite a abandonar todo aquello que hemos conocido. Podemos tener nuestras creencias (adopte cada cual las suyas si es que desea hacerlo, faltaría), podemos estar convencidos de que pasará tal o cual cosa una vez degustada la muerte. PERO es inevitable sentir que, vayamos hacia donde vayamos al morir, «vamos a ciegas». Y lo que es más importante: morir supone abandonar todo aquello que CONOCEMOS. Es decir, supone que nos vamos a meter en algo que «no controlamos». Y eso, poco o mucho, aunque sea por unos segundos, puede dar miedo.

          Pero claro, si has degustado ya una premuerte, si te han regalado un atisbo de lo que hay en el otro lado de la realidad… te han dado «ventaja». Porque ya tienes una idea (muy somera, muy ínfima a lo mejor, pero idea al fin y al cabo) de lo que viene. Y entonces se entiende esa ausencia de miedo a la muerte.

          El otro lado de la cultura de la muerte

Quiero ponerte aquí unas pinceladas de lo que, según personas que han tenido una ECM, cuentan acerca de cómo es esa otra realidad. Realmente, es demoledor y muy esperanzador. Quiero decir con toda claridad que estas consideraciones son INDEPENDIENTES del credo o religión que profesaran las personas que las contaron, así como del hecho de que también hay miles de ateos dentro de ese grupo de personas.

          1- Lo que nosotros llamamos «nuestra realidad» (por ejemplo, la mesa de tu casa), en realidad es «un sueño», no es real. La realidad es el otro lado. Obviamente, a nosotros, desde nuestra perspectiva de humanos habitantes de la Tierra, nos cuesta «ver» eso.

          2- En el otro lado, sigues teniendo un cuerpo físico… pero con algunos cambios: no tiene sistema circulatorio, tampoco reproductor (parece ser que eso del sexo no se lleva en la otra realidad; me lo tendrán que explicar bien cuando llegue, puñetas).

          3- ¡Se trabaja! Sí, sí, como lo oyes. Pero no se hace por dinero ni por obligación, sino por pasión y deseo. Trabajas en aquello que te gusta de verdad. ¿Quieres ser piloto? Pues piloto. Lo sé, parece increíble; pero es lo que te cuentan los que han estado en esa otra realidad.

          4- Te reencuentras con tus familiares… pero es diferente. Lo que en la vida terrenal conocemos como lazos de sangre, de sentimiento, de filiación familiar, eso no existe en la nueva realidad. ¿Cómo se explica esto?

          Lo que nos dicen las personas que han visitado el otro lado es que, por ejemplo, quien es hoy «tu padre» se percibe en la otra realidad como «el alma que vino a hacer el papel de ser tu padre». La filiación es algo que se nos regala en la realidad terrenal como una guía para relacionarnos más fácilmente. Y eso no causa ninguna tristeza en la otra realidad cuando se descubre. Se entiende bien, con compasión. El reencuentro, cuentan, es muy especial.

          Morir es cruzar una puerta hacia la verdadera realidad de eso que llamamos «vida». Venimos de ese otro lado de dicha puerta. Y venimos porque somos unos valientes que decidimos experimentar la realidad física imperfecta. Acostumbrados a vivir en la perfección, solo los «héroes» deciden experimentar esta vida en la realidad terrenal, el dolor, el sufrimiento, la alegría, lo imperfecto. Sentimos esa necesidad de participar de la dualidad terrestre en la que, como almas aventureras, nos adentramos en un mundo desconocido pero que, de alguna manera, nos atrae.

          Siempre que he estado ante un finado, familiares incluidos, me ha dado la impresión de que esa persona ya no es «aquella persona que conocí»; no sé cómo explicarlo con exactitud. Me parece que aquel ser que conocí, sencillamente, se fue para no volver porque ya cumplió con lo que vino a hacer. No olvidemos que estamos de paso, que nada es para siempre y que es precisamente en eso donde reside la belleza de la vida: en vivirla.

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