El 8 de mayo de 1945, a las 23:01, acabó la segunda guerra mundial en Europa (Occidente); el 2 de septiembre de 1945, a las 9:04 de la mañana (horario de Tokio), terminó oficialmente la segunda guerra mundial. Así, se dio carpetazo al mayor conflicto bélico de la historia conocido: casi 80 millones de personas muertas en la contienda.
Era la segunda vez que Europa, la vieja Europa, permitía una gran guerra en su suelo; deberíamos haber aprendido, pero no fue así. De hecho hay una anécdota documentada (ver la serie “El mundo en guerra”) en la que se explica cómo el primer día de la conferencia de Versalles, finalizada la primera gran guerra, se había decidido que lo que iba a ser Alemania debía contar con las mismas ayudas que el resto (aunque hubiera perdido la guerra) para que pudiera seguir el ritmo de todos en ese crecimiento lento pero constante que iba a ser necesario para salir adelante. No obstante, el segundo y último día de dicha conferencia, apareció en escena el presidente de una nación emergente llamada Estados Unidos, de nombre Wilson, diciendo que su condición para ayudar a Europa era que, por decirlo gráficamente, a Alemania había que ponerle un pie en el cuello para que no se levantase; y así fue. A la salida de la conferencia, un grupo de periodistas preguntó al embajador francés, presente en la reunión: “Embajador, ¿qué han estado ustedes haciendo ahí dentro?”. A lo que el embajador contestó: “Sentar las bases para la segunda gran guerra”.
Y no se equivocó el embajador Jules Cambon. Años después, un tal Adolf volvió a liarla en Europa, movido por el odio hacia el trato vejatorio recibido durante esos años, la hambruna alemana (mientras el resto de Europa comenzaba a levantar cabeza) y la sed de venganza por lo que creía era la pérdida de los valores de la Alemania histórica.
Acabada pues la segunda guerra mundial, Europa se lanzó hacia un renacer en todos los órdenes de su vida, a base de mucho esfuerzo, sacrificio, dolor y, sobre todo, valores.
Con el inicio de la década de los 60 se comenzó a vislumbrar que, ¡por fin!, si bien dentro de la austeridad, la gente ya comenzaba a reeditar, varias décadas después, aquellas épocas de los llamados «felices años 20». Se volvía a respirar lo familiar, el respeto al viejo, el saber lo que valían las cosas y conservarlas, darles el uso adecuado… Y así fuimos creciendo, año a año, década tras década: fuertes, con la mirada alta, ayudándonos unos a otros, despertando a nuevas sensaciones.
…y llegó el año 2000 a Occidente
El nuevo milenio llegó con alegría. El cambio del numerito primero de nuestro año era algo que resultaba curioso y, sobre todo, hasta nos daba un aura de modernidad inusitada. Nuevo siglo, nueva era… ¿nuevo mundo?
Pues sí, tal cual. Desde el 2000, la gente más joven, esa a la que por la lógica distancia que aporta el tiempo eso de la segunda guerra mundial aparecía como mucho en los libros de historia o en las «batallitas» del abuelo, comenzó NO a abandonar los valores de la Europa de sus padres y abuelos: comenzó a HIPERATROFIARLOS. Lo que vulgarmente se conoce como «pasarse de rosca».
Lo que otrora fue considerado «defensa de la soberanía» de un país, pasó a ser considerado como «una falta de humanidad para con los que están peor que nosotros».
El respeto a los diferentes credos religiosos del mundo se tornó en la «obligación moral» de amoldarnos a los credos que vinieran de fuera, sopena de, caso de no hacerlo, ser considerado un «racista». Baste el siguiente dato: en el año 2000 apenas había 200 mezquitas en España; en la actualidad se calcula el número en 1945. En este mismo período de tiempo, el número de parroquias no ha variado (rondando las 23.000).
La UE comenzó a hacer políticas destinadas a favorecer la «inmigración barata», o sea, la mano de obra barata, para así reducir gastos e inversión en trabajadores. Los problemas derivados de esta acción tan estúpida, fueron y son obvios: una mayoría de gente poco instruida, con sus propias costumbres y tradiciones (cosa lógica, claro)… que dejaron familia atrás para venirse a Europa. Comenzaron entonces a aparecer algunas voces más altas que otras (la mía fue una de ellas) advirtiendo de que eso era muy peligroso para Europa, porque suponía desatender a nuestros ciudadanos europeos, abaratando los sueldos en los trabajos y poniéndoles las cosas más complicadas. Pero como la cosa estaba empezando…, era fácil llamar a este aviso de alarma «fascismo», «racismo» y epítetos similares.
Con el pasar de los años, la UE vio que aquello crecía demasiado y quiso cerrar el grifo… ya era tarde. Evidentemente, aquella mano de obra barata traída de manera tan inconsciente ya había comenzado a preparar el camino para que sus familiares vinieran también a Europa. ¿Cómo lo hicieron? ESO ES LO PEOR: que no tuvieron que hacerlo. Europa, los propios europeos lo hicimos. ¿De qué manera? Con la sublimación de los valores, apoyando a opciones políticas en toda Europa a las que solo les importó seguir manteniéndose en el poder aunque fuera a costa de empobrecer a Europa más y más. Hicieron leyes para, encima, traer a esos familiares de los originarios a Europa, sin miramientos: todo valía. Y, por supuesto, toda negativa a esa ideología buenista, era inmediatamente tachada de «fascismo», «nazismo», «xenofobia» y no sé qué idioteces falsas más. Pero funcionó…
De pronto, un día, una tal Marine Le Pen, cuyo padre había sido el representante testimonial europeo de eso que se llamaba «extrema derecha», apareció en el panorama político francés, obteniendo un respaldo ciudadano que los dirigentes de la UE catalogaron de «preocupante»: alrededor del 33% en 2024. Algo se estaba moviendo.
Hoy estamos en 2026. Si echamos un vistazo a Europa, tenemos que eso que algunos llaman «extrema derecha» (a los que invito a estudiar un poco más, para que sepan qué era eso de la extrema derecha y no lo que hay hoy) está repartida de manera ya bastante extensa. Sirva este cuadro actualizado para mostrar cómo «está la cosa».

Es evidente que, con los años, el ciudadano europeo medio (y generalmente, de más edad) comienza a hartarse de las políticas migratorias que la UE ha ido implantando. Pero ya no importa: es tarde. Lo único que se puede esperar, creo yo, es violencia. ¿Por qué pienso esto? Porque, pese a que pueda darse un golpe de timón en los mandos europeos, que generen políticas de protección al europeo, creo que toda esa ideología sublimada de la que os he hablado antes está tan incrustada en una mayoría (exigua, pero mayoría) de europeos, que son capaces de enfrentarse a ella como sea. Considero que el complejo de inferioridad europeo es tan grande, que solo les queda la huida hacia adelante. Son incapaces de reconocer el inmenso error en las políticas migratorias adoptadas; tan solo quieren resistir y «vender» a Europa, a costa de los europeos, apoyándose en todos esos europeos que siguen creyendo que «el papel lo aguanta todo» y que las políticas buenistas son «el nuevo renacimiento de Europa». Y como muestra de lo que acabo de escribir… vayámonos a Ceuta.
Primero Versalles; ahora Ceuta…
El 30 de julio de 2026, a las 11:30 de la mañana, ochenta mil personas (80.000) cruzaron ilegalmente la frontera española situada en la población, también española, de Ceuta.
En ese momento, el puesto fronterizo estaba «protegido» por seis agentes. Sí, 6.
Sin temor a equívoco, dado el gigantesco número de personas que cruzaron ilegalmente la frontera, solo puede ser considerado una «INVASIÓN». Es decir, no hablamos de que un grupillo de 20 o 30 personas haya hecho la pirula saltando una valla o nadando pícaramente hasta llegar al otro lado de la playa. Hablamos de 80.000 personas.
De inmediato, los medios de comunicación comenzaron a dar la noticia, haciendo el seguimiento exhaustivo correspondiente que esta situación obligaba a realizar (o sea, no se trataba de dar la noticia de los nuevos fichajes del Madrid para la nueva temporada; la cosa tenía enjundia, vamos).
Cargos gubernamentales comenzaron a dar su particular versión de los hechos que iban aconteciendo. Europa, el mecanismo de la UE, en boca de nuestros gobernantes españoles, comenzaba a hacer «su trabajo». A saber:
30 de julio: el ministro Marlaska alaba la «ejemplar colaboración entre Marruecos y España». ¿Colaboración? ¿Cómo se puede hablar de colaboración cuando el país que se supone dices que está colaborando contigo, te acaba de meter 80.000 personas con calzador?
El mismo ministro achaca lo sucedido a la acción de las mafias dedicadas al tráfico de personas. Cualquiera que sepa un poquito sobre las mafias, sabe sobradamente que ninguna de ellas, ni todas juntas, es capaz de movilizar, poner de acuerdo y lanzar a 80.000 personas al mismo tiempo a atravesar ilegalmente una frontera. De nuevo, la UE, capitaneada por España, haciendo de las suyas; es decir: tomar a la población por idiotas (posiblemente acertando en ello).
31 de julio: el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, se desplaza a Ceuta en donde permaneció 45 minutos. En su rueda de prensa dijo que lo acontecido era una clara «violación y ataque a la integridad territorial» y anunció la puesta en marcha de «todos los resortes y todos los recursos del Estado» a disposición de Ceuta y los ceutíes. Acabó su intervención diciendo que «Toda España está con Ceuta».
Dicho esto, se fue de Ceuta y partió de vacaciones, no sin antes regalarnos con un vídeo (ya editado, claro) en el que nos aconsejaba una lista musical para el verano. Tócatelos.
1 de agosto: de nuevo el ministro Marlaska, hablando ya de 50.000 a 60.000 ilegales, sale a la palestra declarando que «el Ejecutivo ha reaccionado con la rapidez, la contundencia y la capacidad de disuasión necesaria». Y 48 horas después declaraba que «creo que es muy difícil que otros países lo hicieran con la misma eficacia».
Cualquiera que viera las imágenes de todos los noticiarios, canales, declaraciones de los propios caballas (oriundos de Ceuta) podía darse cuenta perfectamente que una cosa era lo que nos decían y otra bien diferente lo que estaba ocurriendo:
—Miles de personas cagando y meando en la calle y donde fuera.
—Entrando en casas ajenas, robando y amedrentando a las personas.
—Esperando la llegada de la noche para que esos robos, violaciones y atentados a la propiedad privada pudieran hacerse con más facilidad.
—16 agresiones sexuales; la mayoría a menores de edad…
Mes de agosto: Durante el mes de agosto, nuestro gobierno, mi gobierno (porque aunque no lo votase y no me guste, es mi gobierno), se ha dedicado a enviar a unas pocas dotaciones del ejército y cuerpos de seguridad, a todas luces menos que insuficientes según palabras de los propios mandos policiales y del ejército.
Hasta siete ministros han desfilado por Ceuta…, para pasearse, decir la suya y poco más. Es sangrante el caso de la ministra de Sanidad que dijo que, tras reunirse con los médicos, había llegado a la conclusión de que estos decían que no había ningún tipo de colapso en la zona… cosa que los propios médicos negaron tajantemente minutos después.
Por si fuera poco, a finales de agosto, esos «pobres que han venido con una mano delante y otra detrás» huyendo, al parecer, de «una vida muy ardua en su país», resulta que se ponen a tirar botes con ácido al ejército español situado en Ceuta (varios heridos nacionales). ¿Y ese armamento? ¿De dónde lo ha sacado «esa pobre gente», sola y desamparada?». No cuadra…
Es la UE haciendo de la mentira una estrategia globalista de manipulación de los europeos. ¿Por qué cito tanto a la UE? Muy sencillo. Por dos motivos: primero porque la frontera de Marruecos con España es una de las fronteras de la UE; segundo porque, desde el 30 de julio, salvo la presidenta italiana Meloni y alguna que otra autoridad europea que haya podido poner el grito en el cielo por lo sucedido… la UE estuvo y sigue estando muy calladita, muy con pies de plomo, muy sin apenas pronunciarse. Y eso no solo me entristece: es que me da miedo.
Veo con tristeza una Europa más preocupada por las formas que por el fondo de sus problemas (que son los nuestros). Una UE que gobierna de forma que «parezca que…» en lugar de hacerlo de manera práctica y, sobre todo, pensando en los europeos. En España, por ejemplo, hay 9 millones de personas viviendo bajo el umbral de la pobreza, apenas sin ayudas. ¿Y al que se te cuela ilegalmente por la frontera le das comida, alojamiento, sanidad y demás? Algo no va bien.
Era lacerante ver cómo muchos de estos que han invadido el país, decían que venían para pedir trabajo. ¡Claro! Ya puestos. Yo me cuelo ilegalmente en un país y, por descontado (sarcasmo), no se me ocurre que voy a pasar a engrosar las listas del paro. No, no, ¡qué va! ¡A mí me van a dar trabajo! Peor aún: ¡a mí me TIENEN QUE dar trabajo! ¿Cómo no? ¿Por qué? Pues porque yo lo valgo, porque soy un inmigrante, porque vengo de un país en donde me tratan muy mal y que no tiene ni para darme de comer (para construir estadios de fútbol de 120.000 personas sí, para eso sí)… (cierro el tono sarcástico).
Ojalá me equivoque, pero creo que Ceuta es un EXPERIMENTO. Ya circula la idea de convertir a esa hermosa ciudad en un gigantesco CETI. Y, desde el punto de vista de nuestros mandatarios europeos de hoy en día, no lo veo descabellado. Me parece un horror, evidentemente; pero, reitero, a tenor de otros experimentos que hemos visto ya (hechos que todavía, a día de hoy, seguimos sin respuesta sobre el motivo de los mismos), creo que sigue la línea marcada de manera obediente y miserable de los últimos años.
Entiendo que es fácil llamarme facha, fascista, nazi, racista, xenófobo, homófobo y no sé qué milongas más, puesto que, como reza el inteligente dicho, «el papel lo aguanta todo». La verdad es que hoy en día, es fácil ver cuándo el que tienes enfrente carece de argumentación intelectual mínima para expresarse. En el instante en que escuches que te dirigen alguno de esos epítetos que te menciono al inicio de este párrafo, ten por seguro que tu interlocutor ya no sabe por dónde tirar y que, sobre todo, tiene una gran cobardía en su interior, que le impide «mojarse» y tomar decisiones intelectuales complicadas y fuera de «la norma» moral y de la supremacía de comportamiento de hoy en día en varias esferas de nuestra sociedad.
Occidente está finiquitado. Ya no importa si es cuestión de diez años o treinta. La maquinaria sibilina hace ya tiempo que está en marcha. Y no hará falta ningún tipo de «guerra santa» o chorrada similar. De hecho, lo de Ceuta se denomina «guerra híbrida». Y no lo ha inventado Marruecos. Os aconsejo leer El Príncipe, de Maquiavelo. Explica que la mejor manera de derrotar a una ciudad más poderosa que tú (en su época; hoy podríamos hablar de un continente o una nación), no es jamás la confrontación directa. Al revés: has de irte a vivir a esa ciudad, instalarte en esa ciudad, tomar posiciones de gobierno en esa ciudad… y entonces, desde dentro, hacerla sucumbir a tus intereses. ¿O suena de algo? Es justo lo que están haciendo desde hace años con Occidente.
Pero sería injusto atribuirles el mérito de semejante molicie solo «a esos que entran ilegalmente en nuestras tierras» (hasta, incluso, concederles un mérito en demasía). Nada de todo eso puede realizarse si no es con la colaboración entusiástica del autóctono; en este caso: el europeo medio. Ese individuo que, movido por un resorte de supremacía emocional siente la necesidad enfermiza de «aleccionar» a aquellos que «son diferentes»; ojo: diferentes a él, claro. Ese ente que presume de ilustrado, pero que guarda en lo más profundo de su sótano intelectual un miedo a no destacar, a no ser mirado y admirado por el mundo. Un convencido de que, de no ser por él, el mundo sería infinitamente peor de lo que es y que, por tanto, tiene, ¡qué digo yo el deber!, tiene ¡la obligación moral! (de nuevo lo de la moral de marras) de «instruir» a los demás pueblos del planeta. Por eso tiene que acoger y acoger y acoger por tierra, mar y aire a todo aquel que, ¡pobre!, se vea obligado a abandonar su patria.
Que no os engañen. No hay nada de «buen samaritano» en esos discursos buenistas de acogida a cualquier precio. Solo la impotencia de saberse débil y, con ello, poder usar solamente el mecanismo de la huida hacia adelante, para resarcirse de un complejo de inferioridad ideológico macerado durante decenios. Y si eso provoca la propia destrucción de Occidente, ¿qué más les da? A fin de cuentas, son épocas que vienen y van. Europa será islamizada, sin duda. Pero NO por el Islam. El Islam (y no me dedicaré ahora al tema, porque da para mucho) no es violencia. La interpretación a la brava del mismo, sí. Es como la religión católica: no promueve ni la violencia, ni la tortura ni el asesinato. Pero la famosa Inquisición, haciendo su interpretación personal e intransferible del cristianismo, anda que no hizo barbaridades (como aquellos que las cometen en nombre del Islam).
Como decía, seremos islamizados por la intolerancia (como si con la nuestra propia no fuera suficiente). Europa cada vez se autollena de más y más Islam, pero no del bueno. De ahí que cada vez el peligro sea mayor. Dadle un vistazo a las redes y os cansaréis de ver vídeos de policías corriendo… DELANTE de malhechores. Porque nuestras leyes les impiden actuar contundentemente. Y si por desventura lo hacen, lo más normal es que el transeúnte europeo que esté por la zona les increpe (a la policía) por haber usado la fuerza contra un individuo que, total, «solo llevaba un machete en la mano y estaba amedrentando a niños en un parque».
Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentre la raíz de todo este despropósito: hemos confundido demasiadas veces la tolerancia con la permisividad; la solidaridad con la obligación; la acogida con la ausencia de límites; el respeto a otras culturas con la vergüenza hacia la nuestra; la defensa de los derechos humanos con la renuncia a exigir deberes. Hemos llegado a un punto en el que parece que defender lo propio necesita siempre una justificación previa, mientras que exigirnos que renunciemos a ello se presenta como una muestra incuestionable de progreso.
Y no. Yo no quiero esa Europa.
No quiero una Europa racista. No quiero una Europa xenófoba. No quiero una Europa que cierre sus puertas a quien verdaderamente necesita ayuda. No quiero una Europa que vuelva a dividir a los seres humanos por su raza, religión, procedencia o color de piel. Ya hemos recorrido demasiados cementerios para saber adónde conduce eso.
Pero tampoco quiero una Europa estúpida, acomplejada de inferioridad, cobarde con la toma de decisiones difíciles. No. No la quiero.
Una Europa incapaz de decir «hasta aquí». Una Europa que considere sospechoso defender sus fronteras. Una Europa que se avergüence de sus tradiciones mientras celebra cualquier tradición ajena por el mero hecho de serlo. Una Europa en la que pedir que se cumpla y endurezca la ley de extranjería que nos ampare de los abusos, pueda convertirte automáticamente en xenófobo. Una Europa donde hablar de inmigración ilegal obligue a pedir perdón antes de empezar a hablar.
Porque una cosa es acoger y otra muy distinta dejar de gobernar quién entra en tu casa. Una cosa es ayudar a quien huye de una guerra, de una persecución o de una situación verdaderamente desesperada, y otra aceptar que cualquier persona del planeta tenga, por el mero hecho de desearlo, el derecho unilateral de entrar ilegalmente en otro país y permanecer en él. Si aceptamos esto último, entonces las fronteras dejan de tener sentido. Y si las fronteras dejan de tener sentido, tendremos que preguntarnos también qué sentido tienen los Estados y, por ende, cómo demonios nos vamos a defender de un invasor.
Quizá sea esa una de las grandes trampas intelectuales de nuestro tiempo: convertir cualquier intento de establecer un límite en una manifestación de odio. Un padre pone límites a sus hijos y no por ello los odia. Una sociedad establece leyes y no por ello persigue a sus ciudadanos. Un país protege sus fronteras y no por ello desprecia a quienes viven al otro lado. Se puede respetar profundamente a Marruecos, a sus ciudadanos, su cultura y su religión y, simultáneamente, exigir que nadie atraviese ilegalmente la frontera española. No encuentro contradicción alguna entre ambas cosas. Es más: considero que precisamente el respeto entre pueblos comienza por ahí. Yo respeto tu casa y tú respetas la mía. Así de complicado. Así de sencillo.
Por eso lo sucedido en Ceuta durante este verano de 2026 me parece mucho más que una crisis migratoria. Para mí ha sido un espejo. Uno bastante desagradable, por cierto. Nos ha obligado a mirarnos y comprobar hasta qué punto somos capaces —o incapaces— de reaccionar cuando aquello sobre lo que llevamos décadas teorizando deja de ser una discusión de despacho, una tertulia televisiva o una resolución redactada cómodamente desde Bruselas.
Porque 80.000 personas atravesando una frontera no son una teoría. Son 80.000 personas. Y detrás de cada una habrá una historia diferente. Habrá quien buscara trabajo. Habrá quien quisiera simplemente una vida mejor. Habrá quien estuviera convencido de que podría quedarse en España. Habrá quien fuera engañado. Habrá quien aprovechara el caos para delinquir. Habrá buenas personas y auténticos hijos de puta, exactamente igual que los hay entre los españoles, los franceses, los alemanes, los marroquíes y cualquier grupo humano que queramos escoger.
Precisamente por eso me niego a reducir el problema a la nacionalidad o a la religión. El problema, para mí, está en otro sitio. Está en que 80.000 personas pudieron cruzar una frontera europea.
Y cuando algo de semejante magnitud sucede, mi primera preocupación no es encontrar la palabra políticamente más correcta para definirlo. Mi primera pregunta es muchísimo más elemental: ¿Cómo coño ha podido suceder?
Y después vienen todas las demás.
¿Quién lo sabía? ¿Quién no lo sabía? ¿Quién debía saberlo? ¿Por qué había seis agentes allí? ¿Qué falló? ¿Qué responsabilidad corresponde a Marruecos? ¿Qué responsabilidad corresponde a España? ¿Qué responsabilidad corresponde a Europa? ¿Qué papel desempeñaron las redes sociales y la desinformación? ¿Por qué la respuesta fue la que fue? ¿Qué hemos aprendido? Y, sobre todo: ¿podría volver a ocurrir mañana?
Creo que, desgraciadamente, la respuesta a la última pregunta es un Sí rotundo. Volverá a pasar. Y con la aquiescencia de todos los actores.
Así pues, esas son las preguntas que quiero que respondan quienes nos gobiernan. No necesito que me expliquen qué debo sentir. Necesito que me expliquen qué ocurrió entre bambalinas.
Y aquí regresamos, ochenta años después, al principio de este artículo. A aquella Europa destruida de 1945.
Porque cuando terminó la segunda guerra mundial, Europa tuvo que enfrentarse a sus propios cadáveres. Literalmente. Ciudades convertidas en escombros, millones de muertos, familias desaparecidas, campos de exterminio, hambre, desplazamientos y una generación completa preguntándose cómo demonios había sido posible llegar hasta allí. De aquella barbarie nació una Europa obsesionada —comprensiblemente— con no repetirla. Y aquello fue bueno. Extraordinariamente bueno.
Aprendimos que ninguna raza es superior a otra. Aprendimos que perseguir a alguien por su religión es una monstruosidad. Aprendimos que el nacionalismo llevado al delirio puede convertir pueblos enteros en ejércitos. Aprendimos que los derechos fundamentales no deberían depender del capricho del gobernante de turno. Aprendimos a colaborar con países con los que poco antes nos estábamos matando.
Franceses y alemanes dejaron de dispararse. Españoles, italianos, portugueses, belgas, holandeses, alemanes, franceses… comenzamos lentamente a construir algo juntos. Y esa Europa merece ser defendida.
Precisamente esa.
Pero quizá nuestro gran error haya sido pensar que para no regresar jamás al extremo de 1945 teníamos que caminar indefinidamente en dirección contraria. Como si alejarnos de un precipicio significara necesariamente avanzar hasta caer por el precipicio situado al otro lado. Los valores también pueden deformarse cuando dejan de tener límites. La tolerancia absoluta termina tolerando al intolerante. La solidaridad sin límites termina agotando los recursos de quien pretende ser solidario. La culpa histórica convertida en identidad termina haciendo que una civilización contemple con sospecha cualquier intento de defenderse. No hay nada peor para un pueblo que sacar la «memoria histórica» de las mentes de las personas y ponerla en las calles: es el camino más fácil al renacer de los odios. Y de eso, por desgracia, en mi país sabemos mucho.
Y una sociedad que acaba creyendo que defenderse es moralmente reprochable tiene un problema gigantesco, porque llegará un día en que necesitará hacerlo y descubrirá que ya no recuerda cómo.
Quizá ese día haya llegado. Ojalá me equivoque. De verdad que lo deseo.
Porque cuando escribo que Occidente puede estar caminando hacia su propia desaparición y que ya no hay vuelta atrás, no lo hago con alegría. No espero sentado a que Europa se derrumbe para poder levantar el dedo y decir: «¿Veis? Ya os lo advertí». Sería imbécil alegrarme de la destrucción del lugar en el que viven mi familia, mis amigos y yo mismo.
Quiero exactamente lo contrario: quiero que Europa despierte, que recupere algo tan elemental como la capacidad de distinguir entre ser bueno y ser ingenuo, que comprenda que defender una frontera no convierte a nadie en fascista, que exigir a quien llega que respete nuestras leyes no es racismo, que proteger nuestras costumbres no obliga a despreciar las ajenas, que ayudar a quien lo necesita no significa renunciar al derecho a decidir cómo, cuándo, cuánto y a quién podemos ayudar y que «integración» significa precisamente eso: integración. Ni imposición al que llega ni renuncia del que recibe.
Y también quiero que podamos hablar de todo ello sin que cada conversación termine convertida en un concurso para ver quién consigue llamar antes «facha», «racista», «xenófobo» o cualquier otra estupidez al que tenemos enfrente. Porque mientras nosotros discutimos sobre las palabras, los problemas continúan existiendo.
Ceuta existe. Sus habitantes, las fronteras, la inmigración, la pobreza, las diferencias culturales, la delincuencia… todo eso existe, maldita sea. Y también existen millones de inmigrantes que viven honradamente en Europa, trabajan, pagan sus impuestos, educan a sus hijos y probablemente estén tan interesados como cualquiera de nosotros en que quien cometa un delito responda por él.
Negar cualquiera de esas realidades porque moleste a nuestro relato ideológico no hará que desaparezca. Y quizá por eso he querido comenzar este artículo hablando de Versalles y terminar hablando de Ceuta. Porque entre ambos lugares hay más de un siglo de distancia y aparentemente no tienen absolutamente nada que ver.
Versalles nos recuerda lo que puede suceder cuando Europa humilla, castiga y alimenta el resentimiento.
Ceuta, para mí, plantea la pregunta contraria: qué puede suceder cuando Europa, aterrorizada ante la posibilidad de volver a ser aquello que un día fue, termina dudando incluso de su derecho a proteger lo que es.
Entre ambos extremos debería existir un lugar llamado sentido común. No sé si todavía estamos a tiempo de encontrarlo (no confío en ello, pero sería genial que me equivocase). Pero sí sé una cosa. Las civilizaciones no son eternas. Ninguna lo ha sido. Nacen, crecen, alcanzan su esplendor, se transforman y, tarde o temprano, desaparecen o se convierten en algo diferente. Europa no posee ningún certificado divino de eternidad. Y si algún día desaparece la Europa que hemos conocido, probablemente cometeremos nuevamente el error de buscar al culpable fuera.
Señalaremos a Marruecos. Al Islam, a Estados Unidos, a Rusia, a China, a la inmigración, a la derecha y/o a la izquierda. ¡A quien toque!
Pero quizá entonces, cuando ya sea demasiado tarde, alguien tenga la incómoda ocurrencia de colocar un espejo delante de nosotros. Y descubramos que llevábamos tanto tiempo buscando al responsable al otro lado de nuestras fronteras que nunca se nos ocurrió mirar dentro. Porque ninguna civilización puede sobrevivir eternamente si termina avergonzándose de sí misma, si considera inmoral defender aquello que la sostiene o si pierde la capacidad de distinguir entre corregir sus errores y renunciar a su propia existencia.
Europa, Occidente, sobrevivió a dos guerras mundiales, al fascismo, al comunismo, al hambre, a las dictaduras, a los totalitarismos y a sus propios demonios.
La pregunta que queda ahora es bastante más incómoda:
¿será capaz de sobrevivir a sí misma?
Porque quizá el último enemigo de Occidente no venga de fuera. Quizá nunca necesitó hacerlo.
Quizá llevemos años abriéndole la puerta desde dentro.
Y eso es precisamente lo que más miedo me da…
Que el buen Dios reparta suerte. ليوزّع الله الحظ. भगवान सबको सौभाग्य दें. שאלוהים יעניק לכולם מזל טוב. Ο Θεός να δώσει τύχη σε όλους