El insulto facilón se ha convertido en una forma demasiado habitual de sustituir los argumentos cuando alguien piensa de manera diferente. Ya sea en la televisión (con grandilocuentes tertulias), en los periódicos o en una conversación en la que se suscite una disparidad de criterios, lo cierto es que HOY en día la falta de argumentación ha sido sustituida por lo que yo denomino «el insulto facilón».
De los insultos facilones que imperan hoy en día, se puede hacer una lista sin temor a equívoco: «Fascista», «Nazi», «Machista», «Clasista», «Racista», «Xenófobo», «Transfóbico», «Homófobo». Son estas las «perlas» de las que se suele echar mano de manera más asidua cuando el que se tiene delante NO piensa de la misma manera. Curiosamente, la inmensa mayoría de las personas que usan estos epítetos como moneda de cambio suelen ser aquellas a las que les gusta declararse «liberales» y «respetuosas con el pensamiento diferente». Obviamente, si se dispone de un mínimo de intelecto, se ve a las claras que cuando rascas un poco la superficie de estas personas, descubres fácilmente que la realidad de lo que quieren decir es otra bien diferente: «Yo respeto el pensamiento diferente… siempre que el pensamiento NO sea diferente al mío». Porque la experiencia nos dice que, en cuanto surge ese pensamiento diferente al del que va de «puritano del diálogo» por la vida, entonces se acabó eso del respeto; la salida en tromba de esos insultos facilones es automática, precisa, quirúrgica.
El insulto facilón frente a la argumentación
¿Qué demuestra todo esto? Creo que varias cosas. A saber:
1- Hay personas cuyos anhelos de «ser más papistas que el Papa» son irrefrenables. Consideran que SUS principios son los «verdaderos», los correctos e incluso universales. Y eso… puede que no sea malo. Sin embargo, sucede que tarde o temprano les llega el momento de defender esos principios ante otras personas que, ¡fíjate qué barbaridad!, no piensan igual que ellos. Y aquí es donde la cosa les hace agua. Uno esperaría que esa defensa se hiciera con ARGUMENTOS; pero no. He podido comprobar que en el momento en que esos argumentos son rebatidos uno a uno, ese interlocutor tan liberal y respetuoso se TRANSFORMA en otra cosa (no diré qué), pasando a disparar con la consabida retahila de epítetos anteriormente mencionados.
2- Se produce la aparición de dos fenómenos, ya sea por separado o ambos actuando al mismo tiempo: la ignorancia y la maldad. Por ejemplo: cuando llamamos «nazi» a alguien por el mero hecho de no ver las cosas como nosotros, lo estamos llamando «genocida», «criminal» y «asesino» (porque eso era un «nazi», entre otras lindezas); lo ponemos a la misma altura que un tal doctor Josef Mengele, quien realizaba experimentos del aguante del dolor, como la introducción de clavos incandescentes por vía vaginal a mujeres vivas y por vía anal a hombres. Claro, soltarle semejante aberración a una persona para «argumentarle» tal o cual idea que tengas y que no coincida con la de ese semejante, solo tiene dos posibilidades: o eres MUY IGNORANTE y no sabes quiénes eran los nazis, o eres muy MISERABLE porque, a sabiendas de conocer eso de los Nazis, no dudas en llamarle así. Obviamente, cualquiera de los dos fenómenos me parecen horrendos. Pero la ignorancia, al menos, se puede reparar con el estudio y el conocimiento (si se quiere). La maldad… es más difícil de solucionar.
3- Se demuestra el FRACASO como sociedad. Sin paliativos. Porque no se alimenta el debate, se alimenta solamente el «Yo tengo razón». El ego campa a sus anchas y hace su agosto particular. Se alienta la necesidad de imponerse al otro, sin importar los elementos dialécticos que se utilicen. Y claro, el resultado es que NO SE APRENDE DE LO DIFERENTE. Se aprende a GANAR la conversación (si es que se le puede llamar así a ese tipo de diálogo). Una sociedad que ya no sabe defender las ideas (ya no te digo los ideales) con el respeto, la argumentación del intelecto y el rigor académico comprueba, en su lugar, que es más «fácil» soltar el insulto facilón de turno… porque sabe que con ello SOLO generará enfrentamiento, tensión, quizás más insultos por la parte contraria… y eso no conducirá a nada. Y esa gente SABE, y su ego también, que es mejor no llegar a nada, antes que reconocer que no se puede sostener una argumentación.
Por último, quiero hacer hincapié en una curiosidad al respecto de este tipo de situaciones. Es la DEMOSTRACIÓN de lo absurdo y penoso de esos insultos facilones que, en realidad, esconden un complejo de inferioridad atroz, que solo se sabe escupir momentáneamente de la mente a base del ego que ataca. ¿Sabéis lo que es HACER LUZ DE GAS? Consiste en manipular a otra persona para que dude de su memoria, de su juicio y de su propia realidad. Pues bien, y lo digo por propia experiencia, he visto que las personas que usan esos insultos facilones, al hecho de decirles que solo están insultando porque no tienen argumentación…, lo han llamado TAMBIÉN «Hacer luz de gas». A ver, le podían haber llamado «hacer unas pochas con chorizo», pero no. De manera que (y esto me ha pasado a mí), ahora cuando le dices a alguien que no tiene argumentación y que solo insulta sin argumentar… te dice «me estás haciendo luz de gas», y ya está; tan panchos. Y con esa «respuesta» quieren hacer ver que, al parecer, disponen de una supremacía moral respecto a ti.
Y lo peor… es que se lo creen.