¿Tenemos derecho a decidir cuándo queremos morir? ¿Y tenemos derecho a decidir cuándo otro ser humano debe o no llegar a nacer? ¡Uf! Dos preguntas de esas que permiten montar una buena trifulca en cualquier sobremesa. Eutanasia y aborto. Dos mundos aparentemente antagónicos que, cuando comienzas a escarbar un poquito, quizá no estén tan alejados como parece. El asunto tiene enjundia, sin duda…
Principalmente, podríamos separar las categorías discordantes en dos: creyentes y no creyentes. Para el creyente (al menos el creyente «oficial»), la vida humana es sagrada; por lo tanto, no le pertenece al humano, sino a Dios; esto hace que uno deba morirse «cuando Dios lo disponga», con independencia de la forma y manera en que esa muerte le sobrevenga. Para el no creyente, la vida humana pertenece solamente al propio individuo y, por tanto, «mi vida, mi decisión».
Lo que sucede entonces es que, tanto en creyentes como en no creyentes, se plantean dos preguntas, a cuál más certera… ¿quién tiene derecho a establecer que el sufrimiento de otra persona todavía es soportable?
Incluso se puede ir más allá: ¿tenemos derecho los demás a obligar a alguien a seguir viviendo?
Eutanasia y aborto: respondiendo a la incertidumbre
Los que me conocéis sabéis que soy creyente no religioso (basta con leer mis artículos para deducirlo). Soy de la opinión de que aquella persona que, motu proprio y en plenitud de sus facultades mentales, decida no provocar su muerte de manera «forzada» y, de esta forma, prolongar su sufrimiento debido a sus convicciones, tiene todo el derecho a hacerlo. Eso sí, el mismo derecho que tiene otra persona que, en las mismas condiciones de salud mental y debido a sus convicciones, decida no hacerlo.
Somos humanos; por lo tanto, tenemos iniciativa, ideas, pensamientos y opiniones. Además de eso, nos encanta ir del palo del «respeto» (casi nos pone cachondos esa palabreja). Se nos llena la boca con lo de la «tolerancia» a la «diversidad» de pensamiento…, hasta que el pensamiento de marras NO coincide con el nuestro. Ahí… la jodimos. Todo se viene abajo como un castillo de naipes al que le has soplado flojito.
Yo quiero tener la potestad de, si médicamente no se puede hacer nada por mí, si solo me queda esperar la muerte entre terribles dolores a cada segundo de mi vida, reitero, quiero tener la potestad de que, como mínimo, me duerman, me seden para que no sienta ese martirio (de hecho, los médicos, salvo exigencia contraria por parte del paciente, en este tipo de casos ya lo hacen).
A mi modo de ver, la problemática sobreviene cuando intentamos imponer nuestra visión sobre los demás, esto es: cuando tratamos de «aleccionar» al otro. Este tipo de decisiones tan espinosas y delicadas jamás debieran ser tratadas desde el punto de vista de «la razón la tengo yo», porque la vida de una persona en su experiencia terrenal, ya crea que pertenece a Dios o no, es personal e intransferible. ¿Tus creencias te llevan a adoptar una actitud? Bien por ti. Pero eso no significa que esa actitud tuya sea «universalmente correcta». Somos ya más de ocho mil millones de humanos poblando el planeta. Damos para mucho…
Sucede como con el aborto. El mismo respeto me merece el que está a favor del aborto que el que no lo está. Y ni el que lo promueve y defiende es un «asesino de niños», ni el que desea vetarlo de la sociedad es un «asqueroso provida fascista y misógino». Así vamos mal.
Además, en el tema del aborto, el problema es doble. Porque, en contra de lo que pueda decir o proclamar la filosofía facilona de turno, el niño NO es «de la madre». Ni de coña. El niño es de los dos. Básicamente porque para que haya niño se necesita a los dos (sin in vitro o con in vitro; siguen siendo dos los que se precisan irremediablemente). Por lo tanto, uno de esos eslóganes que tanto se escuchan por los lares de la política, «nosotras parimos, nosotras decidimos», aparte de faltar a la verdad, demuestra un nivel intelectual bajo mínimos.
Entre otras cosas, porque la misma expresión «nosotras parimos»… es otra falacia, dado que, por muy maravilloso que sea el llamado «saco materno», por muy bien que físicamente esté preparada la mujer para el acto de parir, por muy maravilloso que sea el óvulo femenino fecundado, lo cierto, lo innegable, lo irrefutable es que sin el esperma… no hay niño, y eso del parto queda relegado a una mera explicación científica que impartir en las clases de anatomía.
Y al revés: por muy maravilloso que sea el espermatozoide de marras que fecunde al óvulo extraordinario con el que se encuentre, por muy alta y maravillosa que sea su velocidad y fortaleza celular, lo cierto, lo innegable, lo irrefutable es que sin el óvulo… no hay niño, y eso del parto queda relegado a una mera explicación científica que impartir en las clases de anatomía. De manera que se precisan dos para esa empresa de concebir un niño, sí o sí.
Por lo tanto, para decidir que no haya niño, si es el caso de que las dos personas que lo han concebido están presentes y disponibles motu proprio, creo que deben ser las dos las que tomen esa decisión. Otra cosa es que me digan que a veces no es nada fácil (lo cual es cierto). También otra cosa es que, llevada por el egoísmo y ese «tener la sartén por el mango» (el niño ya lo tengo dentro), ella tome la decisión sin consultar a nadie (siempre y cuando, repito, haya alguien a quien consultar, claro).
Y, obviamente, si de lo que estuviéramos hablando fuera de una madre en soledad, bien por fallecimiento del padre, bien porque este no quisiera dar señales de vida, entonces a nadie se le escapa que solo ella puede decidir.
Ya vemos, pues, que eso de «decidir» sobre la vida de uno mismo y sobre la de los demás no es tema baladí ni que se pueda ventilar en una tarde, a modo del discurso misándrico o misógino de marras, que tan en boga está hoy en día, sobre todo en la política. Naturalmente, nuestro derecho a decidir solo puede provenir de nosotros mismos. Tanto en la eutanasia como en el aborto, podemos escuchar todo tipo de consejos, opiniones e incluso desvaríos; admitir, incluso, que puedan estar dichos con buenas intenciones. Pero es evidente que, siempre, la última respuesta la tiene uno mismo, si está en condiciones mentales de hacerlo.
DECIDIR es el imperativo mental ineludible del que todo ser humano se hace acreedor en múltiples ocasiones a lo largo de su vida. Conviene que sea enseñado en las escuelas, desde bien pequeños, puesto que resultará ser un equipaje de mano tan imprescindible para nuestro desarrollo como lo pueda ser un cepillo de dientes para el cuidado de nuestras muelas. Es también, para qué negarlo, uno de los mejores generadores de nuestros miedos. Como humanos, buscamos caminar sobre suelo firme, anhelamos la seguridad en el devenir de nuestras vidas para así, creemos, estar tranquilos. Pero es en esa búsqueda donde reside la trampa de todo este juego: el no ser conscientes de que nada hay garantizado en esta nuestra vida. Puedes tener miedo a decidir algo, cierto. Pero lo vas a tener que acabar decidiendo si es que la cosa tiene importancia. Así que, con más o menos miedo, lo que se tiene que hacer, se hace. Y punto.
Pero ¡cuidado! No se nos puede olvidar que esto de «decidir» es también un arma de doble filo (y el segundo, del que hablo ahora, suele estar más afilado que el primero). No es de recibo cometer la barbaridad, a mi juicio, de «bajar» el nivel del dolor o el sufrimiento sentido, ni de tomarse eso de tener o no hijos como si lo de engendrar una vida fuese algo que haces porque estás aburrido mientras estampas un sello en una carta, antes de salir hacia la estafeta de correos.
Es decir, no es de recibo pedir abandonar este mundo porque me ha dejado la novia, porque me he quedado ciego de un ojo o porque no se han cumplido mis sueños de juventud. Y lo que digo no es una chorrada que me invente ahora. En la sociedad de hoy en día, sobre todo entre la gente más joven, abundan los individuos que, si bien tecnológicamente son casi unos superdotados y no se les escapa ni una, en el momento en el que «rascas» un poco en su aspecto emocional… se desploman humanamente. O sea, parece como si todo, o casi todo, pudiera ser motivo para generar en la persona un «trauma» insoportable e insufrible. Y eso tampoco es. No. Ni de coña.
Por si el lector considera que estoy exagerando, voy a darle un dato demoledor: en España, la PRINCIPAL CAUSA de la muerte entre los 12 y los 35 años es el SUICIDIO. Está dicho todo…
Con esto quiero decir que disponemos de una sociedad en la que la juventud tiene una tendencia muy arraigada hacia el drama sempiterno. Y, claro, no se puede permitir que, por aquello del «tener derecho a», se tome como «sufrimiento» cualquier mediocridad dramática de las de hoy y convertirla en causa certera para que te hagan desaparecer del mapa (se asombraría el lector de la cantidad de personas, sobre todo jóvenes, que ven un camino coherente en esta idea que estoy rechazando).
Por el mismo motivo, no me vale tampoco eso de «bueno, si me quedo preñada, pues aborto y ya está». Si bien, como he mencionado al inicio de este artículo, considero un derecho para los progenitores decidir sobre qué hacer con el feto, eso no debe llevarnos a tomarnos el tema a la ligera y tratarlo como si de una receta de cocina se tratase.
Porque una cosa es defender el derecho a decidir y otra muy distinta convertir ese derecho en una especie de barra libre en la que cualquier decisión, por el mero hecho de ser nuestra, deba ser considerada acertada. ¡Pues no! También tenemos derecho a equivocarnos. ¡Y vaya si lo hacemos!
Quizá el verdadero examen de nuestra tolerancia no consiste en respetar a quien piensa como nosotros. Eso es facilísimo.
El examen llega cuando tienes delante a alguien que sostiene justamente aquello que tú consideras equivocado.
Eutanasia y aborto. Mundos paralelos y antagónicos. En uno hablamos de una vida que se acerca a su final; en el otro, de una vida que comienza su camino. Y, sin embargo, ambos terminan poniéndonos delante del mismo espejo: la libertad, la responsabilidad y ese verbo tan sencillo de pronunciar y tan jodidamente complicado de ejercer: DECIDIR.
No pretendo decirte qué debes pensar sobre la eutanasia ni sobre el aborto. Para eso ya tienes tu cabeza, que espero y deseo utilices mucho. Lo único que te propongo es algo bastante más incómodo: que antes de juzgar la decisión de otro, incluida la mía, intentes comprender qué circunstancias lo llevaron hasta ella. Quizás después sigas pensando exactamente lo mismo. Perfecto. Pero, al menos, habrás hecho algo que últimamente parece costarnos horrores: pensar antes de sentenciar.